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Antonio Machado escribe esta obra en unos años en los que triunfa el Modernismo. Fue una ampliación de la obra titulada Soledades (1903).

En estos poemas se observa un modernismo intimista, con esa veta romántica que recuerda a Bécquer o a Rosalía de Castro. Trata de mostrar en un íntimo monólogo unos sentimientos universales que conciernen a tres temas: el tiempo, la muerte y Dios.

Pero también hay recuerdos nostálgicos de la infancia, evocaciones del paisaje, con preferencia por los paisajes cerrados, los huertos, los jardines. La soledad, la melancolía y la angustia surgen de esa mirada interior.

Machado utiliza símbolos como la tarde, el agua, la noria, el huerto, las galerías. El agua es símbolo de la vida cuando brota y de la muerte cuando está quieta o es el mar; la tarde simboliza el declive; el huerto simboliza la ilusión, vista en el gozo y el recuerdo infantil; las galerías son los espacios donde transitan los recuerdos o los sueños que nutren el alma.

RECUERDO INFANTIL

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel
funto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

Muy interesante.

“Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas…!

¿A dónde el camino irá? …”

(poema)

Antonio MachadoEstudió en Madrid en la Institución Libre de Enseñanza, en cuyo ambiente laico se formaría su talante liberal y su ancho humanismo.

Machado definió la poesía como el diálogo de un hombre con su tiempo.

El tiempo se erige así en uno de los grandes temas machadianos; los otros, el sueño y el amor, tienen una raíz común: la preocupación temporal. Sus raíces poéticas las encontramos en un romanticismo tardío y en el simbolismo francés.

Sobre todo, ¡opina!

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