Son tiempos duros, pero ojalá no tanto como nosotros.

Creemos que hay miedo, creemos tener miedo. Lo que tememos ciertamente es que algún día, nos asuste el no tenerlo.

Nos han automatizado. No somos más: autómatas que sentimos lo que ordenan que sintamos. Por un lado o por otro, nos han acabado informatizando. Tan rápido puedes amar, como asimilar la derrota por haber amado, y volver a prendarte minutos después.

Todo transcurre vertiginosamente. Ya ni apreciamos.

Ya no sólo dejamos caer las notas superfluas bajo la mesa, sino que las olvidamos, despreciamos, y pasamos a otra copla.

No nos detenemos a detallar, pues ya no importa nada la esencia de nada; nos basamos en cantidades, en números, en datos carentes de sentido para que finalmente lleguemos a una meta vacía, con fondo poco profundo, sin vida, falta de verosimilitud.

Somos ciegos en un mundo que nosotros mismo hemos degradado.

Aislados, sólo nos queda naufragar, desertar y emprender íntegramente todo de nuevo. Pero nos han inculcado pánico irracional.

Han inventado leyes impopulares, y encogemos los hombros si existe la oportunidad de sublevación. Nos han convertido en lo que ellos, la clases privilegiadas, querían. Ignorantes, por desconocer el mal ético.

No se trata de libertad, sino de dinero. No es ser aparatoso si digo que no creo que seamos libres: tratemos de ir a un lugar sin dinero, y seguidamente  intentemos aclarar dónde está la libertad.

Esta vez, los malos han tomado las riendas del asunto, y no reparamos en divisar un oasis que nos refugie debido a nuestra natural cabezonería.

Supondría nuestro entumecimiento a una evasión cínica, pero si alguien obra indignamente, y por larga estancia, el problema cambia de manos y los aposentos del villano pasan a ser nuestras propias vidas. Las riendas somos nosotros, ahí expuesto, podemos observar cómo hemos ido auto-flagelando nuestra poca honra, y la hemos hecho desaparecer, siempre hablando sobre este campo.