Ésta son la clase de cosas que escribes después de haberte ido a Calahorra a ver una obra de Shakespeare de la talla de la inmortal: El sueño de una noche de verano. 

La puesta en escena fue fabulosa; el vestuario, alucinante; y los esfectos especiales resultaron, valga la redundancia, mágicos. Puck era un auténtio sátiro que incluso andaba como una cabra, Oberón tenía un cierto aire satánico en contraposición a una Titania que, vestida y maquillada enteramente de blanco, se asemejaba más a una diosa de la luna. Y las demás criaturas mágicas no podían dejar de parecernos salidas de la mejor película hollywoodiense, tal era la calidad de sus disfraces, los cuales recordaban incluso a las obras de genios como Arcinboldo o Gaudí.

Al salir de semejante obra, en la que el mundo mágico y el real confluyen hasta el punto de ser incapaz de diferenciarse uno de otro, no puedes evitar contemplar el cielo de la noche y preguntarte si tal mundo existe, si hay alguna forma de llegar hasta él. No puedes evitar soñar con una aventura maravillosa, vivida en una noche de verano. Ni tampoco darte cuenta de que, a medida que avanza el tiempo, te quedan menos noches de verano para soñar.

Esto, está escrito por todo ello.

 

El sueño de una noche de verano

La ciudad duerme.

Sus luces brillan a lo lejos

como pequeños soles iluminando mil madrugadas.

No me dejan ver el cielo.

 

Ven conmigo a un lugar

donde los sueños son lo único real

y la realidad está vacía.

Donde podamos ver el cielo.

Túmbate conmigo donde el tiempo no existe,

donde la noche aún es hermosa

 y las estrellas son toda la compañía.

Para ver el cielo de las noches de verano.

 

¡Oh, cómo puede confundir la noche de verano

a unos ojos mortales!

Creeremos que hay burbujas cayendo del cielo

Y hadas danzando a nuestro alrededor.

¡Oh, cuán insignificantes nos sentiremos

cuando podamos ver el cielo!

La brisa nos traerá las voces de los árboles,

y quizá entendamos el sentido del universo.

 

Cabalgaremos hasta el final del horizonte,

y bailaremos en los anillos de Saturno,

junto a tantas ninfas que se convirtieron en laurel

por culpa de una noche de verano.

Quizá podamos llegar al Sol

a lomos de un fénix de brillantes plumas,

y reflexionar en sus aguas

sobre el cielo de las noches de verano.

 

Volveremos de nuestro viaje más sabios,

con el cabello cano de nuestros conocimientos,

tras haber llegado a entender

el significado de una noche de verano.

 

Y cuando, cansados de tanta maravilla

nos tumbemos a descansar sobre nuestro lecho,

despertaremos sabiendo que todo ha sido un sueño.

El sueño de una noche de verano.