(escucha el poema recitado por alumnos del instituto en otra entrada del blog)

Siguiendo a Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia entendemos el Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández como un diario íntimo fruto de tres desgarradoras ausencias: la del hijo muerto, la de los seres queridos lejanos por la guerra y la del mundo, provocada por su estancia en la cárcel.

Miguel HernándezEl poema que comentamos pertenecería al segundo grupo ya que en él Hernández expresa la inmensa tristeza que le envuelve a causa de los horrores de aquella trágica y a la vez incomprensible contienda fratricida.

Sin ánimo de frivolizar el dolor de los contendientes, juega a establecer un cierto paralelismo entre la cruda realidad que sobrecoge a su país y lo que él considera que son motivos suficientes para emprender una campaña “belicosa”. Desde el primer verso –Tristes guerras– hasta el último –Tristes. Tristes.– el poema está recorrido por una patética paradoja: ¿acaso no son tristes todas las guerras?

Y a pesar de su dolor y su profunda angustia trata de ofrecernos una alternativa al odio que se desparrama por toda nuestra geografía: sólo merece la pena luchar si es el amor lo que nos mueve; sólo debemos empuñar las armas de las palabras, el diálogo, el deseo de llegar a un acuerdo consensuado que no provoque muertos; y si por todos los muertos de la guerra debemos llorar porque merecen nuestra compasión, más aún por aquellos que han caído movidos por el odio: Tristes hombres / si no mueren de amores.

El propio poeta sintió la obligación de acudir al frente para luchar por los oprimidos, por las clases desfavorecidas que corrían el riesgo de ser aplastadas por los militares sublevados que sólo representaban a los patronos déspotas e insolidarios. Sus ideales comunistas, cercanos a los proletarios, le hicieron empuñar las armas, pero el paso del tiempo, la conclusión de la guerra, su encarcelamiento en diversos establecimientos penitenciarios y la contemplación de la destrucción y el dolor causados por la contienda le hicieron reflexionar sobre el sinsentido de toda manifestación de violencia. En ningún momento renunció a sus ideales solidarios y reivindicativos, pero las largas jornadas de soledad en la prisión le hicieron comprender que el único sentimiento posible en aquellos momentos era la tristeza: las guerras son tristes y hacen a los hombres “tristes, tristes“.

La repetición –hasta siete veces en tan solo nueve versos– de esta palabra –tristes– por toda la composición dotan a esta canción asonante de un sombrío tremendismo que provoca en el lector un estremecimiento pocas veces conseguido por otro poeta a lo largo de toda nuestra tradición literaria.