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No es propiamente un relato, es género teatral. Aquí va, líos de pareja como lectura veraniega:.

……….Verónica: Sensual, complicada, poco segura de sí misma.
……….Cristian: Ligero, simpático, nada complicado, muy inseguro.
……….Marta: Elegante, muy alegre, sincera e irónica al mismo tiempo.
……….Escenario: Verónica y Cristian fuman en la cama, ya bien avanzada la mañana,
……….un día de verano.feetinbed

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VERÓNICA.- ¿Se lo vas a decir?

CRISTIAN.- ¿Decir qué?

VERÓNICA.- Pues que me quedé contigo esta noche, obviamente.

CRISTIAN.- ¡Claro que le diré, ¿qué esperabas?! De todas maneras ella debe imaginárselo.- Agrega un poco sorprendido- ¿ Qué, no querías que lo supiera?

VERÓNICA.- No por esta vez. Marta no anda muy bien últimamente. Podría ponerse algo celosa.

CRISTIAN.- Todavía mas sorprendido- ¡¿Celosa!? ¿ Pero de qué, o de quién? A ti te quiere mucho…quizá demasiado, pensándolo un poco.

VERÓNICA.- ¡Precisamente! Es lo que yo quería decir: celosa de ti, no de mí.

CRISTIAN.-Después de unos instantes de reflexión- A ver, espera, espera…¿ Estás tratando de decir que se pondría celosa de mí respecto a ti?

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Autora: Marta Pascual León -4ºESO-

Foto: flickr

“Eran más de las dos. Toda la ciudad estaba en calma. No se escuchaba ningún ruido excepto el cgatoontinuo retumbar de la música bakalao de los after-hours y alguna efímera sirena de ambulancia. L a ciudad dormía y sus habitantes se preparaban para un nuevo día en la monotonía habitual d e la urbe. Un gato silencioso se deslizaba ágilmente entre tejado y tejado, buscando a su próxima presa. Sus patas almohadilladas apenas producían ruido al aterrizar de un salto en las azoteas. Corría a una velocidad vertiginosa y apenas se podía vislumbrar su estela en medio de la noch e . Ya estaba cerca de su objetivo. De un brinco casi imposible, se encaramó a uno de los edificios más altos de la manzana. Sí, ahí estaba. Era prácticamen te la única luz que estaba encendida en el bloque de pisos. Ni siquiera la persiana estaba echada. Allí, fmanosordenadorrente a una lamparilla barata y dejándose la vista en un ordenador, estaba ella. En corvada y ojerosa, tecleaba con frenesí en el teclado de la máquina. El gato se sentó a observarla. Un ligero parpadeo, y el gato se había esfumado. En su lugar se encontraba una figura enc apuchada. Su oscura silueta se recortaba contra la luz de la luna y el viento agitaba su capa . Esbozó una sonrisa siniestra y sus dientes resplandecieron en medio de las tinieblas.

- Tú. – sentenció con un murmullo que sin embargo parecía expandirse con el viento – Eres la siguiente.”

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¡UN RELATO CARGADO DE SUSPENSE!

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Paloma Abaurrea Marteles

4ºESO

fotos: flickr

La fila de camiones y todoterrenos parecía no tener fin. A pesar de que contaba únicamente con tres camiones y cinco todoterrenos, la comitiva dejaba tras de sí una gran barrera de polvo que hacía imposible ver lo que había tras la caravana. Llevaban más de dos días de viaje por las inhóspitas y yerm as tierrtodoterrenosflickras de aquel desierto interminable: el Sáhara.

Habían partido de M aradi, en Níger, a las seis de la mañana del 22 de junio y ya estaban próximos a su destino: una pequeña población que se había instalado sobre un acuífero que daba de beber a las reses con las que com erciaban en los mercados cercanos. Ese pueblo servía de parada para los cansados viajeros que necesitaban un descanso y reponer energías del duro viaje que ofrecía el Sáhara.

El calor se iba haciendo insoportable, estaban agotados, veían cómo poco a poco se iban acercando a los montes en los que encontrarían descanso. Mientras tanto el paisaje se repetía una y otra vez sin el más mínimo cambio, imperturbable al paso de la caravana. El aburrido viaje y el enorme laexpedicionc alor iba haciendo acopio en los arqueólogos que sabían que una vez llegaran comenzarían las excavaciones y eso caldeaba los ánimos de los más jóvenes e inexpertos que encontraban aquí su primera expedición. Pese a todo, y pese al enorme trabajo que les esperaba, estaban ansiosos de comenzar el trabajo pues la doctora Melly, encargada de la expedición, creía estar ante un hallazgo totalmente nu evo, el descubrimiento de una nueva especie extinta hace miles de años, en el Paleolítico. De momento era algo secreto y habían conseguido el dinero gracias a una empresa que les había hecho guardar silencio con la nueva noticia, por lo que la versión oficial era una expedición relacionada con el estudio de las aguas.

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Intriga, aventura, acción…

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Por Eduardo Beltrán Sáenz (4ºESO)

Fotos: flickr

Esa noche tocaba luna llena.  Después de todo un mes sin ver a la gran dama, el pueblo entero esperaba con impaciencia la llegada de la noche. Asomados en balcones y ventanas, niños y adultos miraban expectantes al cielo aguardando la aparición de la dama blanca. Pero esa noche, la luna no apareció. Tan inexplicable suceso fue llorado por todos los habitantes del pueblo, pero ninguno lo lamentó más como quien no vivía en él: la doncella dorada.

      El bosque siempre había sido un lugar solitario, apartado y tranquilo; un refugio sagrado para ella. Para quien no podía vivir en el pueblo, a causa de su voz sin sonidos  y de sus ojos de cristal. La doncella dorada nació muda de palabras, y con los ojos azulados del brillo del más frío hielo. En el pueblo nadie sabía nada de su origen. Ni quiénes eran sus padres, ni tampoco cómo la doncella dorada había sido criada y mantenida. Rehuían su presencia cada vez que la doncella dorada bajaba al pueblo y se encontraba con ellos, huyendo de sus ojos que brillaban con una inquietante luz infinitamente solitaria.

       Esa noche, la doncella dorada, al igual que el pueblo, esperaba ver la luna. Se sentó junto al lago, y buscó el reflejo pálido de la dama blanca, sin hallarlo. Alzó la cabeza al cielo, esperando ver su figura fantasmal; pero tampoco allí la vio. Sin embargo, aún a pesar de la ausencia de la luna, un tenue resplandor iluminaba el bosque.

      La doncella dorada lo vio, y una sacudida de miedo oprimió su corazón de ninfa. Por entre los árboles, por entre las nubes, antorchas y gritos se alzaban cercando su lugar de refugio y rodeando el lago. Las voces furiosas repetían sin cesar: “¡Bruja!” “¡Quemadla!” “¡Ella ha robado al luna!”. Todas ellas. El niño pequeño que la había sonreído dos días atrás. La joven que le regaló el vestido que llevaba puesto. El amable anciano que le había dado una manzana en el desayuno. Incluso el hombre que se hacía llamar santo, y que predicaba el amor a todos los hombres de un extraño personaje que murió crucificado siglos atrás. Todos la despreciaban, la llamaban”bruja”, y le escupían a la cara con el más amargo de los odios. Sabiendo que era inútil defenderse, que nada de lo que hiciera la salvaría esa noche, la doncella dorada se dejó detener.

       Sin dejar de mirar al cielo, sin dejar de implorar a la luna que apareciera, abandonó el bosque. Atada con frías cadenas, fue conducida al pueblo. Ya allí, la pira mortuoria la esperaba. Reconoció en seguida la madera con que la habían construido. El árbol que tantas noches le sirvió de lecho, le prestaría ahora servicio de cenizoso ataúd.

       La ataron al poste y no pronunció una sola palabra. El hombre santo quiso que se arrepintiera de sus pecados antes de arder. La doncella dorada ni siquiera sabía qué era eso. Tampoco entonces contestó. El hombre santo le reprochó ser una sierva de Satán. La doncella dorada no conocía a tal señor. Se lo hubiera dicho si hubiera podido. Pero no pudo decir nada. Aún cuando el encapuchado le desgarró el vestido y la fustigó, la doncella dorada emitió un solo sonido. No podía. Quienes se consideraban con derecho de ser el tribunal, interpretaron su silencio como culpabilidad, y ordenaron al encapuchado que encendiera la hoguera. Pero tampoco entonces dijo nada. Pues no podía.

       Las llamas se extendieron rápidamente entre la hojarasca que cubría la madera, y pronto alcanzó los pies de la doncella dorada. La madera prendió sus plantas, sus tobillos y ascendió por sus piernas quemándole el vestido. Pero la doncella dorada no cambió su gesto, si derramó una lágrima, ni emitió sonido alguno. El fuego comenzó a trepar por su cuerpo, rodeando su cintura, ciñendo sus pechos, abrasando sus brazos y sus manos, y acercándose peligrosamente a su cuello. Pero tampoco entonces la doncella dorada varió su gesto imperturbable, ni humedeció de llanto sus mejillas, ni arrancó palabra alguna de su garganta. Simplemente, pues tal era su costumbre las noches de luna llena, alzó la cabeza al cielo de la noche, y lo miró esperanzada.

       Por fin, la molesta nube que la ocultaba se apartó, y en el cielo brilló la luna llena con todo su esplendor. Todos miraron al cielo con admiración y embeleso. Y en ese mismo instante, un desgarrador sonido salido del rincón más terrorífico del infierno, sacudió la quietud de la noche de luna llena llenando de pavor los corazones de todos. Antes de rendir su alma, la doncella dorada había proferido su primer y único grito.   

Ésta son la clase de cosas que escribes después de haberte ido a Calahorra a ver una obra de Shakespeare de la talla de la inmortal: El sueño de una noche de verano. 

La puesta en escena fue fabulosa; el vestuario, alucinante; y los esfectos especiales resultaron, valga la redundancia, mágicos. Puck era un auténtio sátiro que incluso andaba como una cabra, Oberón tenía un cierto aire satánico en contraposición a una Titania que, vestida y maquillada enteramente de blanco, se asemejaba más a una diosa de la luna. Y las demás criaturas mágicas no podían dejar de parecernos salidas de la mejor película hollywoodiense, tal era la calidad de sus disfraces, los cuales recordaban incluso a las obras de genios como Arcinboldo o Gaudí.

Al salir de semejante obra, en la que el mundo mágico y el real confluyen hasta el punto de ser incapaz de diferenciarse uno de otro, no puedes evitar contemplar el cielo de la noche y preguntarte si tal mundo existe, si hay alguna forma de llegar hasta él. No puedes evitar soñar con una aventura maravillosa, vivida en una noche de verano. Ni tampoco darte cuenta de que, a medida que avanza el tiempo, te quedan menos noches de verano para soñar.

Esto, está escrito por todo ello.

 

El sueño de una noche de verano

La ciudad duerme.

Sus luces brillan a lo lejos

como pequeños soles iluminando mil madrugadas.

No me dejan ver el cielo.

 

Ven conmigo a un lugar

donde los sueños son lo único real

y la realidad está vacía.

Donde podamos ver el cielo.

Túmbate conmigo donde el tiempo no existe,

donde la noche aún es hermosa

 y las estrellas son toda la compañía.

Para ver el cielo de las noches de verano.

 

¡Oh, cómo puede confundir la noche de verano

a unos ojos mortales!

Creeremos que hay burbujas cayendo del cielo

Y hadas danzando a nuestro alrededor.

¡Oh, cuán insignificantes nos sentiremos

cuando podamos ver el cielo!

La brisa nos traerá las voces de los árboles,

y quizá entendamos el sentido del universo.

 

Cabalgaremos hasta el final del horizonte,

y bailaremos en los anillos de Saturno,

junto a tantas ninfas que se convirtieron en laurel

por culpa de una noche de verano.

Quizá podamos llegar al Sol

a lomos de un fénix de brillantes plumas,

y reflexionar en sus aguas

sobre el cielo de las noches de verano.

 

Volveremos de nuestro viaje más sabios,

con el cabello cano de nuestros conocimientos,

tras haber llegado a entender

el significado de una noche de verano.

 

Y cuando, cansados de tanta maravilla

nos tumbemos a descansar sobre nuestro lecho,

despertaremos sabiendo que todo ha sido un sueño.

El sueño de una noche de verano.

Sobre todo, ¡opina!

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