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Esa noche tocaba luna llena. Después de todo un mes sin ver a la gran dama, el pueblo entero esperaba con impaciencia la llegada de la noche. Asomados en balcones y ventanas, niños y adultos miraban expectantes al cielo aguardando la aparición de la dama blanca. Pero esa noche, la luna no apareció. Tan inexplicable suceso fue llorado por todos los habitantes del pueblo, pero ninguno lo lamentó más como quien no vivía en él: la doncella dorada.
El bosque siempre había sido un lugar solitario, apartado y tranquilo; un refugio sagrado para ella. Para quien no podía vivir en el pueblo, a causa de su voz sin sonidos y de sus ojos de cristal. La doncella dorada nació muda de palabras, y con los ojos azulados del brillo del más frío hielo. En el pueblo nadie sabía nada de su origen. Ni quiénes eran sus padres, ni tampoco cómo la doncella dorada había sido criada y mantenida. Rehuían su presencia cada vez que la doncella dorada bajaba al pueblo y se encontraba con ellos, huyendo de sus ojos que brillaban con una inquietante luz infinitamente solitaria.
Esa noche, la doncella dorada, al igual que el pueblo, esperaba ver la luna. Se sentó junto al lago, y buscó el reflejo pálido de la dama blanca, sin hallarlo. Alzó la cabeza al cielo, esperando ver su figura fantasmal; pero tampoco allí la vio. Sin embargo, aún a pesar de la ausencia de la luna, un tenue resplandor iluminaba el bosque.
La doncella dorada lo vio, y una sacudida de miedo oprimió su corazón de ninfa. Por entre los árboles, por entre las nubes, antorchas y gritos se alzaban cercando su lugar de refugio y rodeando el lago. Las voces furiosas repetían sin cesar: “¡Bruja!” “¡Quemadla!” “¡Ella ha robado al luna!”. Todas ellas. El niño pequeño que la había sonreído dos días atrás. La joven que le regaló el vestido que llevaba puesto. El amable anciano que le había dado una manzana en el desayuno. Incluso el hombre que se hacía llamar santo, y que predicaba el amor a todos los hombres de un extraño personaje que murió crucificado siglos atrás. Todos la despreciaban, la llamaban”bruja”, y le escupían a la cara con el más amargo de los odios. Sabiendo que era inútil defenderse, que nada de lo que hiciera la salvaría esa noche, la doncella dorada se dejó detener.
Sin dejar de mirar al cielo, sin dejar de implorar a la luna que apareciera, abandonó el bosque. Atada con frías cadenas, fue conducida al pueblo. Ya allí, la pira mortuoria la esperaba. Reconoció en seguida la madera con que la habían construido. El árbol que tantas noches le sirvió de lecho, le prestaría ahora servicio de cenizoso ataúd.
La ataron al poste y no pronunció una sola palabra. El hombre santo quiso que se arrepintiera de sus pecados antes de arder. La doncella dorada ni siquiera sabía qué era eso. Tampoco entonces contestó. El hombre santo le reprochó ser una sierva de Satán. La doncella dorada no conocía a tal señor. Se lo hubiera dicho si hubiera podido. Pero no pudo decir nada. Aún cuando el encapuchado le desgarró el vestido y la fustigó, la doncella dorada emitió un solo sonido. No podía. Quienes se consideraban con derecho de ser el tribunal, interpretaron su silencio como culpabilidad, y ordenaron al encapuchado que encendiera la hoguera. Pero tampoco entonces dijo nada. Pues no podía.
Las llamas se extendieron rápidamente entre la hojarasca que cubría la madera, y pronto alcanzó los pies de la doncella dorada. La madera prendió sus plantas, sus tobillos y ascendió por sus piernas quemándole el vestido. Pero la doncella dorada no cambió su gesto, si derramó una lágrima, ni emitió sonido alguno. El fuego comenzó a trepar por su cuerpo, rodeando su cintura, ciñendo sus pechos, abrasando sus brazos y sus manos, y acercándose peligrosamente a su cuello. Pero tampoco entonces la doncella dorada varió su gesto imperturbable, ni humedeció de llanto sus mejillas, ni arrancó palabra alguna de su garganta. Simplemente, pues tal era su costumbre las noches de luna llena, alzó la cabeza al cielo de la noche, y lo miró esperanzada.
Por fin, la molesta nube que la ocultaba se apartó, y en el cielo brilló la luna llena con todo su esplendor. Todos miraron al cielo con admiración y embeleso. Y en ese mismo instante, un desgarrador sonido salido del rincón más terrorífico del infierno, sacudió la quietud de la noche de luna llena llenando de pavor los corazones de todos. Antes de rendir su alma, la doncella dorada había proferido su primer y único grito.
Ésta son la clase de cosas que escribes después de haberte
ido a Calahorra a ver una obra de Shakespeare de la talla de la inmortal: El sueño de una noche de verano.
La puesta en escena fue fabulosa; el vestuario, alucinante; y los esfectos especiales resultaron, valga la redundancia, mágicos. Puck era un auténtio sátiro que incluso andaba como una cabra, Oberón tenía un cierto aire satánico en contraposición a una Titania que, vestida y maquillada enteramente de blanco, se asemejaba más a una diosa de la luna. Y las demás criaturas mágicas no podían dejar de parecernos salidas de la mejor película hollywoodiense, tal era la calidad de sus disfraces, los cuales recordaban incluso a las obras de genios como Arcinboldo o Gaudí.
Al salir de semejante obra, en la que el mundo mágico y el real confluyen hasta el punto de ser incapaz de diferenciarse uno de otro, no puedes evitar contemplar el cielo de la noche y preguntarte si tal mundo existe, si hay alguna forma de llegar hasta él. No puedes evitar soñar con una aventura maravillosa, vivida en una noche de verano. Ni tampoco darte cuenta de que, a medida que avanza el tiempo, te quedan menos noches de verano para soñar.
Esto, está escrito por todo ello.
El sueño de una noche de verano
La ciudad duerme.
Sus luces brillan a lo lejos
como pequeños soles iluminando mil madrugadas.
No me dejan ver el cielo.
Ven conmigo a un lugar
donde los sueños son lo único real
y la realidad está vacía.
Donde podamos ver el cielo.
Túmbate conmigo donde el tiempo no existe,
donde la noche aún es hermosa
y las estrellas son toda la compañía.
Para ver el cielo de las noches de verano.
¡Oh, cómo puede confundir la noche de verano
a unos ojos mortales!
Creeremos que hay burbujas cayendo del cielo
Y hadas danzando a nuestro alrededor.
¡Oh, cuán insignificantes nos sentiremos
cuando podamos ver el cielo!
La brisa nos traerá las voces de los árboles,
y quizá entendamos el sentido del universo.
Cabalgaremos hasta el final del horizonte,
y bailaremos en los anillos de Saturno,
junto a tantas ninfas que se convirtieron en laurel
por culpa de una noche de verano.
Quizá podamos llegar al Sol
a lomos de un fénix de brillantes plumas,
y reflexionar en sus aguas
sobre el cielo de las noches de verano.
Volveremos de nuestro viaje más sabios,
con el cabello cano de nuestros conocimientos,
tras haber llegado a entender
el significado de una noche de verano.
Y cuando, cansados de tanta maravilla
nos tumbemos a descansar sobre nuestro lecho,
despertaremos sabiendo que todo ha sido un sueño.
El sueño de una noche de verano.
Lo prometido es deuda y, después de 5 meses de duro trabajo, sangre sudor y lágrimas, noches en vela, montañas de café, puñetazos contra mi propia inspiración, bolígrafos mordisqueados, y en fin, 5 meses de dar mal en general, aquí está, terminado El lamento de Medea.
El lamento comienza después de que Medea vea como su marido, Jasón, le pone los cuernos miserablemente con la reina de las amazonas, Hipólita. Ya sé que Jasón nunca tuvo relaciones con Hipólita, que ese fue Teseo, pero el argumento de la obra está desarrollado así, y de lo que se trata es de dar a Medea una excusa para que nos cuente su vida, no de ser fieles a la vida de Jasón.
ADVERTENCIA: 1º, leedlo con calma, tiempo y sosiego, porque ocupa 7 folios; y 2º, quizá deberíais saber que la historia de Medea es muy macabra, así que no esperéis grandes lágrimas ni palabras de rencor. Medea echa en cara a Jasón todo lo que ha hecho por él, relatándole toda su vida desde que se conocieron. Y la vida de Medea está bañada en sangre. Como ya he dicho, es muy macabro. Abstenerse mentes sensibles.
No es que me haya dado la venada romántica, pero tengo la teoría de que al amor no trae más que porblemas, y a los poetas me remito. 50 puntos al que sea capaz de localizar todos los poemas.
“Del amor y otras estupideces”Poema para un día de San Valentín
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso.
Esto es amor: cuestión de palabras,
un himno gigante y extraño,
que anuncia en la noche del alma una aurora,
un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción.
Creer que el cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño,
tornar en eterno y divino lo más mundano
y decir algo estúpido, como por ejemplo, “te quiero”.
Esto es amor: cuestión de palabras,
esto es, amor, el amor que nos embriagaba,
palabras sin sentido murmuradas en el alma,
que sacudieron nuestras ideas como olas en la playa.
Mucho nos amamos, para decirnos ¡adiós!,
tal día como ayer, tal noche como hoy.
Despertara quizá entonces de su letargo la razón,
dormida en el Sueño de un Eros traidor.
Pues si cuestión de palabras es esto del amor,
¡cuán necios fuimos al pronunciar las dos!
Dentro de la segunda obra de teatro que estoy escribiendo (El amor no trae más que problemas II), he incluido tres grandes lamentos: uno de Ariadna, otro de Medea y el último de Eco. Cada una de ellas lo pronuncia después de haber sufrido un desengaño amoroso especialmente grande.
Esta obra se aleja bastante de la comicidad de la primera, pero no uedo evitar tenerle cierto cariño, por el trabajo que conlleva intentar adaptar el vocabulario.
Leed el lamento de Ariadna, y ya me contaréis qué os parece.

